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Este retrato no es mío. Es decir: lo hice yo, pero es una copia digital (hecha con el sencillo y sorprendente ArtRage) de un óleo original del artista norteamericano y profesor de inglés Norman Mallory, quien me permitió gentilmente estudiar su expresivo uso del color. Ver original:
http://www.flickr.com/photos/augustusswift/3463130986/sizes/o/

El personaje retratado es otro pintor -esta vez alemán- llamado Ernest Ludwig Kirchner. En los años '20 fue impulsor del grupo Die Brücke (El Puente) que buscaba conectar el arte de vanguardia expresionista con la tradición renacentista. El régimen nazi lo declaró parte del "arte degenerado" y destruyó buena parte de su obra. Abrumado, se suicidó en 1938.
Más detalles:
http://es.wikipedia.org/wiki/Ernst_Ludwig_Kirchner
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Parece que el Radicalismo -a diferencia del Peronismo- no se siente cómodo encolumnándose detrás de un líder carismático. Así, cuando uno de ellos desaparece, los hombrecitos grises que hormiguean en sus comités -aliviados de tanto peso- se ponen en actividad frenéticamente, llenos de entusiasmo.
El problema -como respetuosamente señala Carlos Torrengo- es que los hombrecitos grises no tienen otras ideas más sustanciosas que el propio entusiasmo. Democrático, eso sí.
Su entusiasmo en algunos casos -como el de ese señor inexpresivo (difícilmente llegue a ganarse una caricatura) que funge de presidente del partido- les hace creer que están en condiciones de repartir condenas y perdones.
La nota del diario Río Negro finaliza con una perlita autocrítica que fue dicha en la década del '10, pero parece pronunciada ayer:
"¿Qué vínculos nos unen, entonces? En la actualidad no tenemos más que el odio a la camarilla gobernante. Todos nuestros discursos lo respiran. Surgido para eliminar del escenario político un personalismo, vive encenegado en otro"


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La cumbre de los presidentes americanos en Trinidad y Tobago puede ser juzgada de dos modos: por sus resultados concretos o por su valor simbólico.Desde el primer criterio no es difícil impugnar la cumbre por ausencia de decisiones concretas en el borrador de declaración final, con su volumen de ítems declamatorios (que ni siquiera fue firmado por todos los asistentes), como lo hace Oppenheimer desde el escepticismo conservador. O como puede hacerlo (y con más razón) cualquiera de las organizaciones de izquierda que por principio rechazaron estos encuentros desde que fueran impulsados por el ex presidente Clinton.

Desde el segundo criterio, en cambio, basta recordar el clima y el desarrollo político de la anterior reunión en Mar del Plata para advertir la diferencia. En aquel momento, un Bush embarcado en plena guerra global contra el terrorismo (léase: imposición de las condiciones imperiales al mundo) se encontró con un esforzado bloqueo a su exigencia de alineamiento y subordinación continental. Aquél Bush no podría haber sido receptor del obsequio de ese clásico de la impugnación al "gran garrote" norteamericano que es "Las venas abiertas de América Latina" de Eduardo Galeano. Por supuesto que eso no cambia nada por sí mismo.

Pero el hecho mismo de que, por primera vez, un representante del "monstruo" (como lo llamara Martí) se avenga a enterarse como un igual de lo que los otros tienen para decir, parece un salto en la comprensión mutua equivalente al momento en que Champollion descifró los jeroglíficos egipcios en la piedra Rosetta.
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Según el historiador Paul Kennedy, la era de la súper-potencia única ya terminó y , de ahora en más, será sólo una entre varias (importantes, claro). El artículo original (en inglés) aquí. El comentario de Ciapuscio en Río Negro incluye otras opiniones en el panorama que viene.

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El presidente checo es un recalcitrante defensor de la libertad de mercado que ironiza sarcásticamente a la Unión Europea (de la cual es presidente temporario) como un sistema "soviético". También es un ruidoso propagandista del "realismo climático" (ver artículo), que encabeza congresos y declaraciones de científicos negacionistas del calentamiento global. Incluso ha escrito un libro sobre el tema, traducido a varios idiomas, casualmente con el sponsoreo económico del gigante petrolero ruso Luxoil. Lo que se dice, una coherencia a toda prueba.

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Esta ilustración me fue encargada uno o dos días antes de su muerte, cuando la despedida ya era, de todos modos, un hecho. Decidí combinarla con una ilustración anterior, la de sus encendidos discursos de la campaña hacia la presidencia. La nota con la que salió publicada no es una evaluación de su gobierno sino de las características de su liderazgo, en el cual se combinaban la seducción personal con la exaltación de la tribuna. En el despliegue de su discurso podemos distinguir varios momentos:

1) La refundación de la República democrática como una causa que impregnaba a la política de religiosidad laica.

2) La constitución de un universo participativo mediante la exclusión de las "minorías armadas" (la "teoría de los dos demonios" que el artículo no menciona).

3) La tentación hegemonista (el "tercer movimiento histórico") contenida en el discurso de Parque Norte, cuando llamó a construir una "nueva voluntad colectiva democrática", con el Radicalismo como eje, donde más notoria se hizo su cercanía con los "gramscianos" del Club de Cultura Socialista.

La estatura política de Alfonsín -con sus luces y sombras- quedó resaltada tanto por los panegíricos hipócritas de quienes antes lo arrinconaron hacia el final precipitado de su gobierno (la corporación liberal agro-financiera) como por algunos mezquinos que le reprochan no haber llevado hasta el final lo que ellos ni tuvieron intención de comenzar (los juicios al terrorismo de Estado). En este sentido corresponde destacar la ecuanimidad expuesta por Artemio López quien -sin decirlo- posiblemente represente el pensamiento del Gobierno kirchnerista. A éste debe reconocércele la sobriedad con que supo homenajear al viejo adversario a tiempo en vida y no instrumentarlo una vez muerto.
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