Como en la redacción del Diario Río Negro tienen esta ilustración de la nota de Oppenheimer hace varios días sin publicarla, pongo el link al Miami Herald. Por esta vez parece bastante sensato.

La jugada de Zelaya obligó a Micheletti a mostrarse como un auténtico dictador que cierra estaciones de TV y radios (¿no era que eso lo hacían los populistas de izquierda?). También presiona a Obama a abandonar la ambigüedad de su posición. Cuando en la cumbre del G-20 le preguntó a Cristina Fernández qué más esperaban de él los latinoamericanos si rechazaban la injerencia yanqui, la respuesta de ella fue algo así como: liderazgo.

Pero la verdadera estrella de este episodio no está en el dibujo. El presidente Lula mantuvo una posición inflexible contra cualquier salida de compromiso. Aparentemente estuvo en la gestación del reingreso de Zelaya (tal vez avisando a Obama). Por ahora parece haberle quitado a Chávez la voz cantante como representante de la región. Quién sabe, si la jugada sale bien, tal vez consiga para Brasil el soñado puesto permanente en el Concejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
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Las relaciones entre orientales (uruguayos) y argentinos (¿o debería decir "porteños"?) han sido notables desde el inicio del trayecto hacia nuestra constitución como entidades políticas. Cíclicamente oscilamos entre una identidad común de base y el prurito narcisístico diferenciador.
Hasta la jornada histórica del triunfo electoral del Frente Amplio sobre el bipartidismo tradicional era más o menos fácil atribuir esas oscilaciones a los intereses competitivos entre las respectivas clases dominantes. Básicamente por el control exclusivo del acceso portuario hacia el interior.

Se puede decir sin exagerar que ese triunfo fue vivido como propio por los sectores progresistas de esta orilla del río. El exabrupto antiargentino (y la embarazosa disculpa posterior) del último Batlle parecía cerrar ese ciclo en el pasado. Sin embargo, la decisión de Tabaré Vásquez de llevar adelante la construcción de las papeleras comprometida por su predecesor y la cerrada negativa a considerar -siquiera como gesto- la reubicación de las plantas deshizo rápidamente el hechizo. La inconsistencia del gobierno de Kirchner para gestionar una salida rápida del diferendo dió la ocasión para que fuera desbordado por algunos oportunistas (léase De Angeli) que encontraron así una primera causa que agitar en la construcción de su figura pública.

La aparición de la candidatura de Mujica con su historia de lucha y su estilo llano, sin embargo, renovó la fe en una inminente corrección de esa primera experiencia fallida. Su aparición en el acto proselitista en el Luna Park fue seguida al detalle por algunas radios como si fuera un acontecimiento de la política propia. Esta nota del Dr. Ciapuscio es buen ejemplo de ese clima y disposición. Ni dio el tiempo para que fuera publicada que una filtración periodística volvió a poner la nota discordante. ¿Habrá que admitir nomás, el predominio de las diferencias por sobre la fraternidad?
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"Clase media" es uno de los conceptos más repetidos y menos claros del habla cotidiana de los argentinos.
En su origen europeo, se designaba así a los primeros burgueses propietarios de industrias que no pertenecían a la antigua nobleza terrateniente ni a las clases trabajadoras subordinadas: campesinos (antiguos siervos de la Gleba) y proletarios.

Como se ve, esa clasificación no era válida entre nosotros que carecíamos tanto de una nobleza feudal (al menos desde la Revolución de Mayo) como de un campesinado fijado a la tierra y, menos aún, de industriales y proletarios.
Así que el término fue adquiriendo contornos vagos, vinculados a los empleados de cuello blanco en el comercio y la administración pública.

Pero, como señala el historiador Ezequiel Adamovsky en esta interesante entrevista, el término "clase media" no tuvo presencia notoria hasta un momento preciso: 1919-20. El "bienio rojo" en el que las clases dominantes entraron en pánico de que el fantasma de la Revolución Rusa alcanzara estas costas. Entonces la maquinaria periodística (esa productora de sentido e ideologías que reemplazó con ventajas al púlpito tradicional) se puso en marcha para convencer a esos trabajadores de cuello blanco de que sus intereses y valores sociales eran otros que los de los trabajadores manuales de cuello azul. "Divide et impera".

Adamovsky puntualiza, así, que la llegada del Radicalismo al poder en 1916 no pudo representar la de una clase media que todavía no había sido identificada ni se reconocía como tal. Pero otra cosa ocurre con el surgimiento del Peronismo. Para ese entonces, la pedagogía ejercida desde el vértice de la pirámide social había sido asimilada como escala de valores propios. Estos valores son como un cristal ideológico que tiñe de un color determinado la realidad: el ascenso social sólo es concebible a través de un esfuerzo individual legitimado por la educación.

La posibilidad de que el mejoramiento en las condiciones de vida se lograra a través de conquistas colectivas apoyadas por organizaciones sindicales rompía esa cosmovisión. Era repudiada aunque no afectara sus posibilidades económicas reales o -en todo caso- no estaban dispuestos como individuos a renunciar a esa escala de valores. En palabras del autor:
"Las nuevas oportunidades para acrecentar el bienestar que ofreció el Estado en tiempos de Perón, asociado a los sindicatos, no siempre podían ser aprovechadas por los que se habían habituado a buscar canales de ascenso puramente individuales y no tenían la posibilidad o el deseo de involucrarse en formas de acción colectiva que apenas despreciaban..."
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A alguien se le ocurrió organizar un debate sobre el significado actual del "Progresismo" con esta curiosa mesa: Fernando Iglesias, "Pino" Solanas y el brasileño Mangabeira Unger.

Iglesias -como es fácil imaginar- presentó un planteo sugestivamente parecido al resumen Lerú de la Wikipedia en castellano, oponiendo "progresista" a "conservador" para pegarle (faltaba más) a Kirchner y a Castro. Pasando a las propuestas, Iglesias recitó el programa democrático liberal del s.XVIII, como si el problema actual fuera, todavía, derrocar al Estado Absolutista de los Luises. El agregado de unas pinceladas de programa económico "post-industrial" le dio ese toque moderno que disimula (pero confirma) su carácter retrógrado y neo-colonial.

Luego llegó el turno de Solanas para pegarle (faltaba más) a Kirchner. Pero esta vez, claro, desde la "izquierda" y con el programa del 45, contra la "profundización del modelo menemista". Porque -cualquiera lo sabe- desde 2003 que estaban dadas todas las condiciones de control del Estado sobre las corporaciones económicas, como para encarar sin más la apropiación de todas las rentas y su redistribución; asi, de una.

A esta altura quisiera compartir una duda: ¿alguien tomó nota de que hubo una corrida al dólar convergente con la crisis financiera global (como en el '89, como en el '01) y no pasó nada gracias a "la caja" K?; ¿Hacer "caja" en un Estado desfinanciado es "conservador" o "progresista"?

Finalmente, el ex profesor de Obama en Harvard no le pegó a Kirchner (¿para qué lo invitaron?) sino al Radicalismo y a la tibieza Socialdemócrata (¡en su propia casa!). Habló de profundizar el reformismo, la autonomía económica nacional y la democratización del Mercado. ¡Ah!... y de elecciones anticipadas.

El Progresismo no ha tenido buena prensa recientemente y por buenas razones. Porque mantener un "Estado débil para los pobres" sólo prepara el terreno para el advenimiento de un "Estado fuerte para los ricos" (como bien marcó Martín en Artepolítica). Y porque el "progresismo" ha sido usado en tantos platos diferentes (ver la Wikipedia en inglés) que ya no tiene sabor. En lo personal, el "progresismo" siempre ha significado el eufemismo con el que los comunistas revestían su aceptación de las reglas del juego democrático burgués.

¿Qué debe hacer, entonces, el Progresismo para ser progresista? Como bien señala M.E. Casullo en su comentario al post de Martín, asegurar derechos mediante legislaciones; como la legislación social peronista que sigue siendo la base vigente.
Sin embargo, me gustaría apuntar que esa legislación que protege (en cierto sentido "conserva") los derechos de los trabajadores sindicalizados no cubre las variadas condiciones creadas por el avance tecnológico y político capitalista hacia la flexibilización y el trabajo en negro.
La legislación progresista por venir será aquella que establezca los límites sociales del "uso y abuso" de la propiedad privada. Como ocurrió de hecho con las fábricas recuperadas durante 2002, con el derecho al trabajo de los empleados de una empresa fallida por sobre los acreedores; derecho que debería ser integrado a la Ley de Quiebras. O como se dispone a consagrar esta tardía Ley de Medios audiovisuales, ahora que hay que avanzar en unos meses lo que no hubo apuro por hacer en seis años. Mejor tarde que nunca. Típico.
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A veces la ilustración de una nota se presenta tan obvia y desagradable que uno debe sudar la gota gorda para no reforzar un mensaje que le repugna, sin contradecirlo en forma grosera.
Es lo que me pasó con este artículo. El Dr. Ciapuscio, habitualmente moderado y con una larga historia vinculada al desarrollo científico aplicado, esta vez se dejó atrapar por la tentación fácil ante la intervención del Gobierno en la televisación del fútbol.
Porque es muy fácil recurrir al "panem et circences" del satírico romano Juvenal para criticar cualquier vinculación del Estado con el principal espectáculo popular y asimilarlo a la corrupción del Imperio Romano. Incluso pegar "por izquierda" citando a Chomsky, a Marx y al "opio de los pueblos".
No me parece mal recurrir a la Historia en busca de metáforas de situaciones actuales, siempre y cuando se hagan las salvedades correspondientes. En este caso hay un doble error cronológico y conceptual.

Ciapuscio inicia su relato de las intervenciones demagógicas romanas con la ley de distribución de harina de Cayo Graco en 123 a.C., en el ápice de la República, casi dos siglos antes de la decadencia imperial satirizada por Juvenal. Ley- por otra parte- que intentaba compensar el desamparo en el que habían caído muchos ciudadanos a raíz del prolongado servicio militar exigido por las Guerras Púnicas. Al no poder cultivar sus tierras, debieron dejarlas en manos de la aristocracia senatorial que disponía de esclavos para trabajarlas mientras ellos caían en el proletariado (literalmente: los que sólo poseen hijos). Para completar el cuadro, la súbita abundancia de riquezas ganadas en la guerra provocó una inflación persistente de los precios de los alimentos.
La supuesta "demagogia" de los Gracos, entonces, respondía a una efectiva necesidad de responder al problema creado por la concentración de la riqueza en manos de una oligarquía codiciosa. Más o menos como la respuesta que el Estado tuvo que dar al descalabro resultante de doce años de convertibilidad en la Argentina de los '90. A aquellas causas, estas consecuencias. Y recordemos que la violenta resistencia a los Gracos llevó al empeoramiento social de la República, a la rebelión de los esclavos liderada por Espartaco, y a la Guerra Civil hasta caer, finalmente, en la dictadura Cesarista. Que es el destino que construyen las "buenas conciencias" liberales, que repudian la demagogia sin repudiar sus causas.

El otro elemento no comprendido es que no se está recurriendo al fútbol como herramienta de distracción de las masas sino para debilitar a un Poder concentrado que estaba utilizando su monopolio sobre el "circo" mediático para disputarle al Estado republicano el control de la agenda pública. Bienvenida, entonces, la pelota si sirve para tapar la cornetita y ver si podemos discutir la mejor manera de producir y repartir el pan. Pero discutirlo en la arena de las instituciones de la Democracia, sin que los dueños de la cornetita nos aturdan constantemente con la prepotencia de un Poder autoerigido que pasa por encima del voto de los ciudadanos.
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